La mujer que salva gigantes

La mujer que salva gigantesLek, “diminuta” en tailandés, ha peleado duramente para crear un refugio para las criaturas más grandes de Asia.

 

ERA UN HÚMEDO DÍA DE VERANO en una aldea tribal de las montañas del norte de Tailandia, y Sangduen Chailert, de cinco años, Lek para su familia, corría entre el bambú y los bananos en el exuberante jardín familiar. De pronto se detuvo y sus profundos ojos de color marrón se dilataron de asombro.

Una elefanta caminaba silenciosamente hacia ella sobre la tierra húmeda. Lek se maravilló, pero no se asustó, pues un hombre iba montado sobre la cabeza del animal. Dirigió su mirada a la niña sorprendida, y le dijo:

—Es para ti. Se llama Dorada.

Lek caminó hasta el paquidermo y le abrazó la trompa; el animal exploró la figura de la niña con la punta de su apéndice. Fue un momento fascinante que la chica recordaría toda su vida.

El abuelo de Lek, sanador y chamán, le había salvado la vida a un muchacho. En señal de gratitud, el padre de éste le regaló la elefanta a la familia.

—¿Puedo quedarme con ella? —suplicó la niña, y el abuelo no pudo negarse.

Todos los días, antes de irse a la escuela, Lek se cercioraba de que hubiera bananas para Dorada, y corría de vuelta a casa a la hora de la comida para alimentarla. En pocas semanas, la nena ya se trepaba por la trompa de Dorada y se le montaba en la cabeza. Los aldeanos creían que la relación entre la niña y la bestia era casi mágica.

Al ir creciendo, Lek aprendió a persuadir a Dorada a que la ayudara con tareas pequeñas, como transportar arroz del campo a la aldea. En muchos lugares de Asia, los elefantes son sometidos a phajaan, un adiestramiento en que los encierran en jaulas, los espolean con púas de madera y los golpean para quebrantar su voluntad. Los mahouts que los cabalgan los pinchan con un garfio filoso de acero, y los azotan si se muestran rebeldes. Pero Lek se ganó la lealtad y la obediencia de Dorada simplemente con hablarle y recompensarla con bananas.

Aunque en algún tiempo fueron reverenciados como íconos religiosos y culturales, los elefantes parecen haber perdido ese privilegio en la Tailandia moderna. Hace un siglo había cerca de 100.000 de estos paquidermos en el país; hoy quedan entre 5.000 y 6.000. La enorme mayoría de los 2.700 elefantes domesticados de Tailandia trabajan en la industria turística, y otros se usan como medio de transporte y en la agricultura. Según las leyes tailandesas, los elefantes son ganado y no animales salvajes, así que no están protegidos por las reglas de conservación del país, y sus dueños pueden hacer con ellos lo que quieran. Hace poco, en estado de ebriedad, el dueño de un elefante mató al animal prendiéndole fuego, y nunca fue acusado del delito.

Lek tenía alrededor de 15 años cuando vio por primera vez el uso que se daba a estos animales en la tala comercial. Había ido a la frontera entre Myanmar y Tailandia, donde se practica la tala, para prestar sus servicios de intérprete a un grupo de misioneros. Lo que presenció la dejó sin habla. Muchos de los elefantes que trabajaban allí llevaban pesados arneses de madera alrededor del cuello y tenían cicatrices donde las cadenas de acarreo les habían dejado la carne viva. Vio cómo los golpeaban y los maltraban. No pudo hacer nada para ayudarlos, pero jamás los olvidaría.

Cuando la chica terminó la secundaria no había perspectivas de trabajo en su aldea, así que decidió seguir estudiando. Dejó a Dorada al cuidado de su familia, se inscribió en una universidad en la ciudad de Chiang Mai y se pagó sus estudios vendiendo mercadería de puerta en puerta. Tras graduarse, abrió una pequeña agencia de viajes en el centro de la ciudad. Trabajó mucho y la agencia prosperó, pero aún recordaba a los elefantes del norte.

A veces presenciaba el maltrato de que eran objeto frente a su misma casa. Algunas noches, hasta 30 elefantes eran llevados a Chiang Mai a divertir a los turistas. La imagen de las enormes bestias entre el tráfico, mortificadas por los clientes ebrios de los bares, era más de lo que Lek podía soportar. Vio cómo a una le metían un palo en el ano y a otra le arrojaban un recipiente de café hirviendo.

Una tarde la chica se percató de que un hombre arreaba a un asustado elefantito de siete meses y pedía a los turistas que le compraran bananas. Para Lek fue la gota que derramó el vaso. Preparó un cartel en varios idiomas que decía: “Por favor, no apoyen el maltrato de este elefantito”. Luego se plantó a la vista de todos cerca del animal.

El dueño se enfureció: destrozó el cartel de un puñetazo y tiró a Lek al suelo. La muchacha fue trasladada al hospital con fuertes contusiones y fractura de mandíbula.

Pero no se amilanó. A través de los medios y las organizaciones de conservación llamó la atención sobre la suerte de los elefantes tailandeses. Cuando expuso el uso del phajaan recibió amenazas de muerte de personas preocupadas por que su labor pudiera dañar la industria turística del país. Alguien rompió la ventana de la agencia de un ladrillazo.

Sin embargo, iba a necesitarse más que un ladrillo para detener a Lek. Había logrado crear conciencia sobre el abuso de los paquidermos, y ahora quería ayudar a las víctimas, a muchas de las cuales simplemente se les daba un tiro o se las abandonaba. Lo que necesitaban era un lugar donde pudieran andar sueltos, y estar seguros y protegidos. ¿Pero dónde? Después de una búsqueda exhaustiva, obtuvo permiso de usar temporalmente una zona selvática propiedad del gobierno.

Para arrancar el proyecto vendió su casa, su auto y casi todo lo que poseía. Usaría las utilidades de la agencia para pagar el mantenimiento. Planeaba atraer a visitantes que tuvieran un genuino interés por los elefantes y disfrutaran de verlos en un ambiente natural. En 1996, con ayuda de otros amantes de estos animales y de asociaciones de protección de la flora y la fauna, abrió el Parque Natural de los Elefantes. La primera que llegó, Mae Perm, era una hembra, como Dorada. El ciclo se había cerrado.

Los elefantes encontraron un hogar permanente en 2003, cuando una organización caritativa de protección de la flora y la fauna donó un espacio de 16 hectáreas localizado a 56 kilómetros al norte de Chiang Mai.

La vida en el Parque

EN UNA TARDE HÚMEDA DE MAYO llego al Parque Natural de los Elefantes, entre los barritos de más de 20 paquidermos de todos tamaños y edades. Cuando los mahouts y los voluntarios descargan dos camionetas llenas de bananas, sandías, papayas y pomelos, muchos de los mimados huéspedes se abren paso a través de los pastizales para elegir lo mejor.

Lek, una mujer menuda y enérgica con ojos oscuros y sonrientes, me lleva hasta un elefantito que me llega apenas al pecho.

“Éste es Pupia, la cría de Mae Toh Koh,” dice orgullosamente, refiriéndose al macho de ocho meses, quien le arrebata hábilmente un racimo de bananas pequeñas. “Nadie sabía que su madre estaba preñada, así que la obligaron a trabajar hasta que se puso demasiado flaca”.

El pequeño pesaba tan poco que no podía tenerse en pie cuando nació, y Toh Koh no producía suficiente leche para él. Ahora, bajo los cuidados de Lek, ambos prosperan.

La chica tiene una historia conmovedora que contar sobre cada uno de los 28 elefantes rescatados que hoy viven en el parque. Jokia, de 43 años y tres toneladas de peso, trabajaba en la tala y quedó ciega de un ojo cuando su mahout le disparó con una resortera para apurar su paso. Más tarde, el dueño de la elefanta le disparó deliberadamente una flecha en el otro ojo después de que ella le rompiera el brazo al golpearlo con su poderosa trompa.

“La encontré ciega y con las patas encadenadas; cuando chocaba con un árbol la azotaban,” dice Lek. Hoy anda suelta en la reserva y es vigilada por Mae Perm, su compañera.

Observamos a Jokia y a Mae Perm avanzar hacia el río para darse un baño de barro. La elefanta más vieja se inclina sobre Jokia, la empuja con la trompa y se comunica con ella mediante chillidos a veces discretos y a veces más fuertes, impidiendo así que choque con un árbol caído. Es sorprendente la habilidad de Jokia para esquivar el obstáculo. “Nada le pasará a Jokia mientras viva aquí,” señala Lek. “Mae Perm se encargará de ello”.

Algunos elefantes habían sido abandonados, y por otros se pagó un precio (hasta 10.000 dólares) para rescatarlos de sus abusivos dueños. El más grande, Max, de 3,6 metros de altura, trabajaba como elefante “limosnero” en las calles de Bangkok. Una noche, después de que terminó sus rondas, un enorme remolque lo embistió y lo arrastró seis metros. Apenas podía caminar cuando llegó, y era poco más que una gran bolsa de piel y huesos.

Los visitantes no tienen permitido pasear a lomos de un elefante, y ninguno de los animales actúa para ellos. “Esto no es un circo,” explica Lek. Sin embargo, se los invita a alimentar, bañar y prácticamente convivir con los paquidermos.

Mientras camino con la chica por el parque, avistamos a un grupo de elefantes que avanzan hacia el río Mae Taeng, que serpentea por la reserva. Lek me dirige una gran sonrisa, y me entrega un balde y un cepillo.

—Vamos a bañarlos —dice.

Las enormes bestias resoplan, resuellan y columpian la trompa de lado a lado. El golpe de una trompa de 130 kilos podría aplastarme como mosca.

—No tienes miedo, ¿o sí?

—Claro que no —miento.

Barritando de gozo, los inmensos animales vadean las partes menos profundas, y juguetonamente nos empapan con sus trompas llenas de tibia agua de río. Olvido mi nerviosismo y froto la frente peluda de Jungle Boy, de siete años. Él me mira con un ojo profundamente negro, rodeado de pestañas gruesas que parecen las alas de una mariposa. Mientras lleno el balde que le voy a derramar sobre la cabeza, me lanza un chorro de agua; es como si me bañara una manguera para combatir incendios.

Con el creciente éxito del parque —ha salvado a casi 30 elefantes y más de 4.000 personas lo visitaron el año pasado— ha crecido la fama de Lek. El apoyo a su trabajo le ha permitido ampliar una clínica médica móvil gratuita de la que se benefician elefantes y aldeanos de toda la región.

“Lek les permite a estos elefantes vivir el resto de su vida con dignidad”, dice Bert von Roemer, presidente de la Fundación Serengueti, con sede en los Estados Unidos. “Ella es la mejor amiga del elefante asiático”.

Es difícil no estar de acuerdo, pienso, metido hasta la cintura en el río Mae Taeng, empapado, cubierto de moco de elefante y rodeado de paquidermos tan alegres como niños en una bañera.

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