El océano se adapta a la escasez y consigue que el hierro (si alimenta) flote

adapta-escasez-consigue-hierro-alimentaLos científicos comprobaron hace tiempo que las tormentas de arena del Sahara fertilizan el Atlántico con minerales, pero acaban de descubrir un curioso fenómeno: una adaptación de los microorganismos del océano a la escasez que provoca que el hierro flote en las aguas que circundan Canarias.

La revista “Scientia Marina” publica en su próximo número (septiembre) un trabajo de investigadores de la Universidad de Antioquía (Colombia) y el Instituto de Oceanografía y Cambio Global de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria sobre los minerales que transportan las calimas y sobre cómo se comportan mientras el polvo del Sahara permanece en el aire y cuando cae al mar.

 El Sahara es la principal fuente de partículas en suspensión de todo el planeta. De hecho, se calcula que el desierto norteafricano aporta dos tercios de todo el polvo que se genera en la Tierra y que el 26 % acaba en los océanos, recuerdan los autores de este trabajo.

Por ello, se propusieron observar en una de las islas que con más frecuencia se ven envueltas en las calimas, Gran Canaria, qué tipo de minerales transportan las tormentas de polvo de Sahara y qué ocurre con esas partículas cuando se depositan en el mar, tomando como referencia dos episodios concretos de calima ocurridos del 19 de al 25 de marzo y del 31 de marzo al 2 de abril de 2011.

Los investigadores recuerdan que las “nubes de arena” del Sahara pueden cubrir de polvo lugares situados a miles de kilómetros e incluso cruzar el océano Atlántico en menos de una semana (la NASA acaba de fotografiar hace apenas un mes una enorme calima sobre Canarias cuyos efectos se notaron en México y Texas, EEUU).

En este caso, las dos calimas estudiadas se generaron a unos 700 kilómetros de Gran Canaria, en el oeste de Argelia, el Sahara Occidental y el norte de Mauritania, según los datos aportados por el sistema de predicción de polvo en la atmósfera del Centro de Supercomputación de Barcelona, cuyas localizaciones se corroboraron luego por el tipo de minerales encontrados en el aire y el agua.

El trabajo confirmó que, durante un episodio de calima, las concentraciones de polvo en suspensión en la atmósfera se multiplican por 20 en el aire (la medición se hizo en Las Palmas de Gran Canaria, en la estación de Las Rehoyas, a 300 metros de altitud), por ocho en el océano a diez metros de profundidad y por 1,6 en aguas más profundas, a 150 metros bajo la superficie.

Sin embargo, sorprendentemente, el trabajo también reveló que, tanto antes como después de las calimas, la capa de agua situada diez metros de profundidad tenía el doble de concentración de polvo del Sahara que el aire, y también el doble que el agua a 150 metros.

Otra de las sorpresas del trabajo -al menos así la describen e los autores- reside en que, contra lo que pudiera esperarse por el efecto de la ley de la gravedad, los minerales más pesados del polvo del Sahara, los distintos óxidos de hierro encontrados (hematitas y goetitas), se hunden más despacio en el océano que otros compuestos más ligeros, de forma que su concentración a diez metros de profundidad es mucho mayor que en el aire.

Pero lo que la física no explica, lo aclara la biología: “Esta pauta de concentración selectiva de partículas de hierro puede explicarse por procesos de retención biológica en el agua”.

Los autores recuerdan que están documentados varios microorganismos presentes en el agua del mar que se alimentan de compuestos férricos, cuyo comportamiento ayuda retener esos nutrientes en las capas superficiales del océano.

A su juicio, esta retención de hierro (y no de otros minerales presentes en el polvo del Sahara) “sugiere una adaptación evolutiva de los microorganismos marinos a utilizar micronutrientes limitados en el océano”. Es decir, un ejemplo de cómo los primeros escalones de un ecosistema puede adaptarse a sobrevivir en la escasez con cualquier recurso, aunque este sea el molesto polvo del desierto.

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