El camino de la salud

el camino de la saludSin cirugías, con un plan y fuerza de voluntad, Martín Alzamora logró cambiar radicalmente su alimentación y sus malos hábitos para bajar 47 kilos en dos años. Ahora recorre el país en bicicleta promoviendo su lucha contra la obesidad.

El reloj de la peluquería Fígaro marca las 12:15. Su dueño, Martín Alzamora, acomoda tijeras, peines, toallas y afeitadoras; cuelga en la puerta un cartel de “cerrado” y se prepara para salir. Durante las próximas cinco horas el lugar se tomará un descanso y este hombre de 49 años cumplirá, como todos los días, con la inquebrantable práctica saludable que hace ya seis años lleva adelante: pasear en su bicicleta por las calles de la ciudad pampeana de General Pico. En cada una de sus travesías, que suelen cubrir unos 40 km, nunca pueden faltar algo de fruta fresca, un termo con agua y, a veces, la compañía de amigos y familiares.

Estos paseos no siempre formaron parte de la vida de Martín. Años atrás este estilista piquense ni siquiera tenía una bicicleta propia, vivía preso de jornadas laborales que solían superar las 12 horas diarias y dedicaba todo su tiempo libre a mirar televisión y a dormir. Su amado Boca Juniors aportaba la cuota de fervor del que carecían los días, que sin darse cuenta, pasaban entre tijeras y cortes de cabello. Siempre pendiente de su trabajo, incluso las vacaciones se reducían a una semana con su familia. Por aquel entonces no solo su estado anímico estaba en jaque sino también su salud: sufría alergias, broncoespasmos, anginas recurrentes y los fuertes dolores en huesos y tobillos lo acompañaban día a día. “Llevaba una vida que consistía en trabajar, comer y dormir, y las comidas -muchas veces en cantidades excesivas-, formaban parte importante de los únicos momentos de placer”, recuerda Martín. Fue así que sumido como estaba en esta rueda de hábitos desordenados y poco saludables que arrastraba desde muy chico, Martín llegó a pesar 137 kilos, unos 50 kilos arriba de su peso normal.

La obesidad, no obstante, siempre estuvo presente en su entorno; de hecho su madre y su hija también la padecen. A los 15 años, Martín pesaba 105 kilos. “Durante casi toda mi vida estuve unos 40 kilos por encima de mi peso normal”, aclara. “Si uno lleva una vida sedentaria y sufre de obesidad, los kilos de más te quitan las ganas de moverte porque necesitás mucha energía para hacerlo y claramente yo estaba preso en este círculo vicioso”, reflexiona. Martín encuentra en la genética y en lo emocional las causas de su obesidad. Con una mirada más crítica pero sin echar culpas, reflexiona sobre lo desconcertante que resultaba el modo de pensar de su entorno íntimo que, en general, sostenía que practicar deportes era “algo trivial” y que con ello se descuidaba el trabajo. Y también, sobre lo “adictivo” del vínculo que su familia establecía, tanto con el trabajo, como con la comida.

Consciente de su obesidad, Martín hizo varios intentos por reordenar su alimentación y así encaró infinidad de dietas y estrategias para bajar de peso. “Solo pensaba en adelgazar; me ‘mataba’ y a pesar de que muchas veces obtenía buenos resultados, no los podía mantener a largo plazo. En ciertas oportunidades dejaba de comer y en otras empecé dietas en las que, por ejemplo, solo podía comer fiambres. Pero no es ‘normal’ alimentarse a base de embutidos. Era imposible mantener ese tipo de alimentación en el tiempo”, recuerda un Martín marcado por la sensación de frustración que provocaban aquellos constantes avances y retrocesos.

El cambio comienza desde adentro

Martín sufría en silencio su enfermedad, su adicción al trabajo, la falta de momentos libres para poder disfrutar realmente de la vida. Y todo aquel inconformismo no pudo más que hacer eclosión. La lectura fue un escape: desde el cuento “Eligiendo Cruces”, del monje y escritor Mamerto Menapace, hasta textos más trascendentales como “El hombre en busca de sentido”, de Viktor Frankl, Martín abrió una puerta hacia el cambio. Recuerda el año 2004 como un punto de inflexión en su vida. No sin cierta dificultad logró reconocer que había tocado fondo, comprendió que había cometido errores y que debía enfrentarse y luchar contra varios aspectos negativos de su vida, entre ellos su obesidad. Se inició así una etapa de cambios lentos pero profundos. En primer lugar empezó a concurrir a charlas sobre adicciones, empujado en parte por el deseo de ayudar a su hija, que también sufre la misma enfermedad. El hábito de la lectura ganó terreno a las largas horas frente al televisor, hasta formar parte esencial de su autoconocimiento. Redujo su jornada laboral de 12 horas a 8 para dar espacio al ejercicio y así las caminatas diarias reemplazaron a las siestas; además se unió a un grupo de ayuda contra la obesidad donde encontró el espacio, la compañía y los profesionales que lo ayudaron a reencauzar su vida.

“Me resultó fácil adaptarme a la dinámica de grupo, no me dio vergüenza ni me sentí incómodo”, afirma Martín y continúa: “Así, con el apoyo de nutricionistas, psicólogos y médicos aprendí a realizar las seis comidas diarias: desayuno, media mañana, almuerzo, media tarde, merienda y cena. Me enseñaron a cocinar de otra manera, más saludable; a reemplazar, por ejemplo, los alimentos fritos y las salsas con mucho aceite. Ahora si como una milanesa la cocino al horno y con poco aceite, la acompaño con una ensalada, no como pan y prácticamente no bebo alcohol aunque a veces me doy el gusto de una cerveza”.
Cuando Martín describe un día típico con respecto a su plan de comidas, menciona que toma mate y después desayuna una taza de café con leche y tres tostadas con queso y dulce dietéticos; a media mañana, come una naranja y toma dos vasos de agua; al mediodía, almuerza dos milanesas de soja con ensalada de lechuga y tomate; para la media tarde, come una banana y toma mate; a la hora de la merienda, toma un vaso de leche fría y dos tostadas y, por la noche, cena dos porciones de tarta de cebolla y queso.

Las salidas a cenar con su familia o con amigos son todo un desafío, pero pícaramente reconoce: “Trato de ser flexible, como en todo”. Manejar “los permitidos” aún sigue siendo un reto para él; si bien debería hacer una sola comida “libre” por semana, él se concede un día entero de “permitidos”. De a poco, todo el esfuerzo puesto en el cambio empezó a dar sus frutos y en menos de dos años Martín pudo adelgazar 47 kilos. Hoy se mantiene en 98 kilos.

Este cambio tan rotundo y profundo que Martín estaba experimentando, no solo se dio a nivel personal sino también familiar, y frente a ello muchas veces su círculo más íntimo sintió astilladas sus costumbres y ritos: “Cuando empecé a incorporar todas estas conductas saludables, mi familia empezó a mirarme distinto. Por ejemplo, si ellos se reunían a comer asado yo prefería salir a caminar; asimismo, cuando anuncié que reduciría mis jornadas de trabajo con el fin de disponer de más tiempo libre para realizar actividades físicas, algunos vieron esto como señal de desatención del trabajo, tal como dictaba mi historia”, recuerda Martín con cierto dejo de amargura.

El camino de la salud

A lo largo de todo este itinerario de cambio y redescubrimiento, que ya lleva más de siete años, la conexión que Martín estableció con su bicicleta merece un capítulo aparte. Se trata de un vínculo tan firme como casual al que Martín le dispensa un lugar ligado a fuertes emociones.
Hasta ese momento, las caminatas se habían convertido en un aliado fundamental en su lucha contra la obesidad, pero en 2008 le aparecieron unas ampollas y callos que prácticamente le imposibilitaron hacerlas con frecuencia. Como estaba decidido a no abandonar este hábito tan saludable que tanto le había costado incorporar, optó por echar mano a su bicicleta. Casualmente, recordó un camino por un cañaveral en las afueras de General Pico, camino al pueblito de Agustoni, por donde él disfrutaba pasear con su padre cuando era chico y hasta allí pedaleó. La sensación de paz y de liberación que experimentó en esa oportunidad fue tan fuerte que automáticamente decidió que, a partir de ese momento, la bici sería su nueva herramienta de cambio y, además, sintió la necesidad de llevar su historia de superación a todos aquellos que estuvieran dispuestos a recibirla. “En el ciclismo encontré no solo una actividad física que me agrada, sino un cable a tierra que quiero acercar a los demás”.

Y así, bajo el lema “A la obesidad podemos controlarla” surgió El camino de la salud, una iniciativa tan desafiante como inspiradora: recorrer en bicicleta el trayecto que va desde La Quiaca hasta Ushuaia, los puntos extremos de nuestro país, al norte y al sur. La primera parte de esa travesía en bicicleta la inició el 5 de febrero de 2012, acompañado por parte de su familia. Comenzaron en Jujuy, atravesaron Salta, Tucumán, Catamarca, La Rioja, San Juan y finalmente llegaron a Mendoza. “Cuando tomé la Ruta 40 por primera vez, me ponía metas de 5 km; no es complicado, no es un sacrificio, todo es de a poco. Lo importante es recorrer unos pocos kilómetros que después se irán transformando en 10, 15, o 20 km; lo esencial es disfrutar lo que vas haciendo”.

Durante los 30 días que duró la travesía recorrieron 2000 km y se hospedaron en hostales y casas de los lugareños que les abrieron sus puertas y con quienes Martín pudo compartir su historia y su mensaje. En auto lo acompañaban sus familiares directos, entre ellos su padre de 77 años y su hijo.

La segunda parte de la travesía la realizó en 2014, esta vez desde Malargüe, en Mendoza, hasta Bariloche, acompañado de su pareja y sus tres hijos. La bicicleta de Martín tiene adosado un carro en el que puede llevar de todo: una carpa, una parrilla, el equipaje, el termo, entre otras cosas. En esta oportunidad el límite lo impuso el clima que impidió que continuaran más allá de Bariloche.

Para la tercera parte de la travesía, que intentará unir Bariloche con Ushuaia por la Ruta 40, ya se han postulado varios amigos y entusiastas, deseosos de participar de esta maravillosa cruzada por la salud. La fecha aún no ha sido definida, pero Martín estima que podría ser hacia fines de 2014 o principios de 2015. “En estos viajes de cicloturismo, no se puede programar mucho y se va armando el itinerario día a día, lo que lo vuelve aún más apasionante. En cada pueblo, te conectás con los lugareños, no con el circuito turístico, por lo que es un paseo que sale de lo convencional”.

El reloj de la peluquería Fígaro marca las 17:15. Su dueño, Martín Alzamora, descuelga de la puerta el cartel de “cerrado”. Afuera quedaron 47 kilos, una vida sedentaria, malos hábitos y largas jornadas ininterrumpidas de trabajo. En el salón que ahora respira aire fresco y una energía renovada, Martín se dispone a acomodar tijeras, peines, toallas y afeitadoras para recibir a sus clientes.

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