Cercados por el agua

La noche del 31 de octubre de 2006, una fuerte tormenta azotó todo el litoral del norte de Holanda. El nivel del agua subió casi cinco metros e inundó por completo las marismas situadas detrás de los diques que protegen la costa de Frisia. Una enorme manada de caballos que pastaba en la zona de pronto se encontró rodeada por la creciente agua.

UN DÍA DESPUÉS, POR LA NOCHE, Micky Nijboer, de 32 años, residente del pueblo de Oude Bildtzijl y madre de dos niños pequeños, se impresionó al ver por televisión las imágenes de los animales atrapados. Unos 200 caballos asustados, algunos con el agua hasta el cuello, se apretujaban sobre una angosta franja de tierra en el anegado estero. Micky reconoció el lugar: se encontraba detrás del dique de Marrum, a unos dos kilómetros de su casa; alcanzaba a verlo desde la ventana del living.

No la sorprendió que los caballos estuvieran allí. Los granjeros suelen dejar a sus animales paciendo en los esteros, aun con marea alta. Por lo general no corren ningún peligro, siempre y cuando no haya muchos en un solo sitio. Sin embargo, esta vez era distinto…

Micky, una apasionada amazona, comprendió al instante que debía ayudar a los caballos, pero no sabía cómo. Estaba oscuro, no había acceso al dique y un grupo de soldados, bomberos y policías ya había trazado un plan para rescatar a los animales. Micky se asomó a los cuartos de sus hijos. Casper, de seis años, e Iris, de cuatro, dormían plácidamente. Ella también se fue a acostar, pero casi no pudo dormir en toda la noche.


Sintió compasión por ellos y temió que murieran.


Al día siguiente los caballos atrapados eran el tema de conversación en la panificadora donde Micky trabajaba. Wessel Dijkstra, un compañero suyo que también era bombero voluntario, había pasado gran parte de la noche tratando de salvar a los animales con una barca plana. Consiguió llevar a 12 a tierra firme. Micky estaba orgullosa de él.
—¡Eres mi héroe! —le dijo.

Como el nivel del agua había bajado un poco, la barca quedó varada y ya no fue posible continuar el rescate.

Micky terminó su turno a la 1:30 de la tarde y se fue hacia la costa con los nervios de punta. Estacionó su auto, saltó un cerco y caminó hasta el dique. Estaba lloviendo y el viento era gélido. Al mirar desde lo alto del dique se quedó sin aliento: había caballos esparcidos en toda la orilla del agua, muertos y con el vientre hinchado; el oleaje sacudía los cadáveres. Durante la noche 18 animales habían perdido la vida.

Micky vio a lo lejos un grupo de caballos vivos. Estaban apretujados sobre un estrecho islote. Sintió compasión por ellos y temió por su suerte. Varios habían muerto de pulmonía, y muchos de los que estaban varados en aguas profundas corrían riesgo de contraer graves infecciones de piel.

De pronto Micky vio llegar a otras dos amantes de la equitación que vivían en la zona: Antje Dijkstra y Hinke Lap. Solían practicar juntas en la playa y no temían cabalgar en el agua. Las tres estaban decididas a hacer algo para ayudar a los caballos. Antje y Hinke propusieron enlazar algunos de los caballos atrapados, atar las cuerdas a sus sillas de montar y luego conducir a los animales a la playa, pero a Micky no le gustó la idea.

—Es muy peligroso —señaló—. Podrían asustarse y correr en todas direcciones. Quizá sería mejor tratar de atraerlos para que sigan a nuestros caballos, sin atarlos.

El plan de Micky parecía sensato y bien podría ser la solución.
—¿Están de acuerdo, amigas?
—¡Sí! —respondieron convencidas Antje y Hinke.
Micky se acercó a un policía en el dique y le explicó su plan.
—Escucha esto —le dijo el agente a un compañero en tono burlón—, ¡esta mujer quiere salvar a los caballos!

Sin embargo, Micky no se dio por vencida. Pronto se enteró de un hombre que quería conocerla: Nico Minnema, jefe de distrito de It Fryske Gea, organización frisona para la conservación de la naturaleza que administra la marisma cercana al dique de Marrum.
—Soy la secretaria del club hípico Burmaniaruiters y conozco jinetes que no le temen al agua —le dijo Micky a Minnema—. Tal vez podríamos sacar a los caballos de allí.

A Minnema le entusiasmó el plan. No era simple, pero podía dar resultado.
—Deme su número telefónico —le dijo a Micky—. La llamaré en cuanto tenga más información.

Mientras esperaba el llamado, Micky pensó que tres jinetes no bastarían para intentar el rescate, así que llamó a Christina Stormer, una buena amiga suya y experimentada amazona que vivía cerca. Ésta aceptó sin dudarlo.

Un mensaje en un foro de Internet sobre los caballos frisones generó decenas de respuestas provenientes de todo el país. Micky eligió a dos mujeres que vivían en la zona: Fardow de Ruiter, una comerciante de caballos que tenía un negocio de crianza con su esposo, y Suzan Fransen, amazona no profesional con gran experiencia. El equipo de rescate estaba completo.

Al transcurrir el día Micky estaba cada vez más impaciente, pues aún no recibía noticias de Minnema; al final decidió llamarlo. Él le dijo que el nivel del agua todavía era alto y había que esperar a que bajara un poco.


Habían bebido agua salada y tenían diarrea.


La mañana del viernes Micky se enteró de que muchos caballos en el islote estaban en peligro de muerte: habían bebido agua salada y tenían diarrea. A las 11 de la mañana en punto sonó el teléfono. Era Minnema.
—Es hora de que entren en acción —le dijo con tono de urgencia.

La decisión de llevar a cabo el plan de Micky y las otras mujeres se había tomado en una reunión en la que participaron Wil van den Berg, alcalde de Ferwerderadiel, y Piet Lootsma, el granjero propietario de los infortunados animales. Las amazonas debían presentarse cuanto antes en la marisma y prepararse para el rescate.

A la una de la tarde hubo una breve reunión con las mujeres, quienes ya habían ensillado y estaban listas para salir. Se decidió que cuatro de ellas entrarían en el agua y dos se quedarían en la playa para auxiliarlas. Los dos caballos en tierra también servirían para guiar a la manada durante el cruce.

Trabajadores de It Fryske Gea usaron postes y cinta adhesiva roja y blanca para marcar una ruta de paso y evitar que las mujeres y los caballos cayeran en las zanjas cubiertas por el agua.

A las 2 de la tarde todo estaba listo para el rescate. Con el grupo de caballos varados en la mira, Micky, Hinke, Christina y Antje entraron cabalgando sin titubear en el agua helada y avanzaron con cautela hacia el islote. Minutos después, cuando se encontraban a unos 30 metros de los asustados animales, ocurrió algo sorprendente: la manada comenzó a agitarse. Exhaustos luego de padecer hambre y frío durante tres largos días, los caballos parecían comprender que aquellas mujeres eran su salvación. No obstante, no se movieron de su sitio.

Para animar a la manada, los bomberos rodearon la franja de tierra en una lancha, gritando tan fuerte como podían. Funcionó: los cascos empezaron a chapotear y retumbar hasta convertirse en un estruendo.

Micky se concentró al máximo. Hizo dar vuelta a su caballo, seguida por sus compañeras, y fijó el camino hacia la playa. Al mirar por encima del hombro vio cómo los caballos varados empezaban a formar una larga fila para hacer el cruce de 600 metros. Sus pelajes brillaban a la luz de la tarde bajo un magnífico cielo nublado.

Al avanzar hacia la playa, la mirada de los fatigados animales que habían confiado en las mujeres resultó muy conmovedora e inolvidable. Millones de personas en todo el mundo presenciaron el rescate por televisión.

También vieron cómo Berber, el caballo de Micky, tropezó al meter una pata en un pozo. La mujer intentó mantener el equilibrio, pero se cayó al agua, que tenía al menos un metro de profundidad. La manada venía justo detrás de ella y no había forma de detenerla. Durante una fracción de segundo Micky pensó que iba a morir aplastada, pero logró ponerse de pie de un salto y con inmensa alegría descubrió que Berber había permanecido a su lado. Aun en el agua helada consiguió montarlo de nuevo sin mucha dificultad.

Ahora se encontraba a un costado de la manada y debía evitar que los animales empezaran a galopar.
—¡Soo! ¡Así se hace! —les gritó una y otra vez durante el recorrido.

Por suerte, los caballos no se desbocaron. Al frente de la fila, Christina y Antje también disminuyeron el paso para frenar a la manada.

Al igual que Micky, Hinke se había visto obligada a esquivar a un grupo de caballos y había terminado a un costado  de la fila, fuera de la ruta marcada por los trabajadores de It Fryske Gea. De pronto, Micky la vio desaparecer en el agua con montura y todo.
—¡Hinke! —gritó llena de pánico.

Sin embargo, con la misma rapidez con que acababa de hundirse, Hinke reapareció, todavía montada en su caballo y aferrada a la silla.

Bajo la guía de las cuatro mujeres, los caballos superaron la dura prueba y llegaron a salvo a la playa. Todos menos uno: había un potro tan débil que no pudo seguir el paso de los demás. Casi al final de la travesía cayó exhausto, y murió al día siguiente.

Una vez en tierra firme, los animales recibieron agua y comida, y luego un veterinario los examinó. Al cabo de una hora los trasladaron a un pastizal situado dentro de los límites del dique.


Hinke desapareció en el agua con montura y todo.


Tras seguir por televisión el espec-tacular rescate, el alcalde Van den Berg acudió a felicitar a las mujeres.
—¡Muchas gracias por todo lo que hicieron! —les dijo.

Para entonces, cientos de curiosos y periodistas estaban congregados en lo alto del dique. Dándose codazos y empujones, todos trataban de acercarse a las heroínas para hablar con ellas.

Cuando por fin volvía a casa, Micky aún llevaba puesta la ropa empapada, pero casi no sentía frío. Estaba muy contenta con su caballo, que había dado una demostración de primera clase.

Ya en casa, Micky abrazó a su esposo, Gerben.
—¡Estoy tan orgulloso de ti! —le dijo él con una gran sonrisa.
Seis niñas que esperaban formadas en fila aplaudieron y vitorearon a Micky. Ese día su hija Iris cumplía cinco años, y sus amigas habían ido a festejarlo.
—¡Te vimos! —le dijeron a Micky al unísono—. ¡Saliste en la tele!

 


 

Micky y sus compañeras fueron noticia de primera plana en todo el mundo, y las cadenas BBC y CNN transmitieron imágenes sobre el asombroso rescate. Durante semanas Micky recibió en casa flores y cientos de cartas. En enero de 2007, las amazonas y sus caballos fueron homenajeados en Leeuwarden por Cees Veerman, el entonces ministro de Agricultura. Unas 8.000 personas estuvieron presentes. “Es muy difícil describir la emoción de ver a tanta gente frente a uno, aplaudiendo y lanzando hurras”, cuenta Micky. “Jamás habíamos experimentado algo parecido”.

Puntúa

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